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Era un pueblo de la costa, con sus calles estrechas y empinadas, al final de ellas, una iglesia Gótica elevaba su torre al cielo una tarde de primavera.
En el puerto los pescadores se afanaban, habían salido muy temprano al mar, y después de un día de trabajo retiraban satisfechos su pesca; alrededor de los barcos las gaviotas se cruzaban en un baile enloquecedor y estruendoso.
Una de éstas, dejando a un lado sus compañeras voló hacía la torre de la Iglesia, allí en lo alto de la zona Norte una blanca paloma le esperaba y como otras muchas tardes nuestra gaviota acudía a la cita con la ilusión de un ave enamorada.
Juntas volaron hacía el cielo y en mil piruetas se enlazaron para posarse finalmente en el hueco que la puerta de la Iglesia les brindaba.
Allí estaba su nido de amor, donde la gaviota cuando volvía del mar le arrullaba, pero…
Siempre hay algún pero, hasta en los cuentos, y el de éste llevaba sotana.
El párroco no estaba contento del amor entre la gaviota y la paloma, porque justo en la puerta de la Iglesia era donde cagaban, los fieles se mostraban indignados cuando al acudir a misa, desde arriba eran salpicados.
¡Fuera! Intentaba asustarles el párroco con los brazos en alto.
La gaviota y la paloma lo observaban, pero en vez de alejarse se sentaban y esperaban, y el pobre párroco desesperado al rato se retiraba, sin abandonar la esperanza de que al día siguiente al volver para celebrar la misa matutina, el hueco de la puerta estuviera sin la presencia de las dos aves enamoradas.
- Ven conmigo a la marisma – Le dijo la gaviota a la paloma.
- No – contestó ella – Me gusta el hueco de ‚ésta puerta.
La gaviota se entristeció y volvió al puerto, a sus barcos y a sus chillonas compañeras, con ellas conoció otros amores, pero no olvidó jamás a su blanca paloma.
Una tarde de invierno voló hasta la torre de la Iglesia, llegó a la zona Norte pero nadie le esperaba, se acercó al hueco de la puerta que tan buenos recuerdos le traía y vio con horror que una red a ésta le cubría, ella conocía bien lo que eso significaba, tras ella siempre la muerte se escondía.
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Un cuclillo de plumaje color ceniza azulado y cola negra con pintas blancas, llegó con vuelo cansado a un bosque poblado de árboles y matas espesas.
Con dificultad y falta de soltura en sus modales se posó en la rama de un árbol y desde él observó los alrededores con detenimiento.
A poca distancia, un nido resistente con varios huevos se encontraba vacío de sus creadores.
Sin dudarlo se acomodó en él, y cuando lo abandonó un huevo mas se podía contar entre los que ya ocupaban con anterioridad el nido.
Poco después llegó una “pardilla” con el estómago lleno de grano, contenta y cantando feliz.
Protegiéndolos con su cuerpo se dispuso a dar calor a los huevos sin percatarse que había aumentado el número de los mismos.
Y así nacieron tres “pardillas” únicas en belleza blanco el vientre y con un plumaje rojizo-carmesí en la cabeza y el pecho.
Como su madre, tenían afición y voz para el canto siendo sus trinos la delicia del bosque.
El cuarto pájaro era un desastre.
Su plumaje no era bello ni su afición el canto.
La mama “pardilla” perdía la paciencia cuando después de horas de clase, no conseguía más que un sonoro…
CU-CU…CU-CU…
Llegó la primavera y los cuatro iniciaron su propio vuelo e independencia.
Las tres bellas “pardillas” cantaban tan dulcemente y eran tan bonitas que al poco tiempo estaban recitando su repertorio en hermosas jaulas doradas.
El cu-cu, viendo como habían terminado sus compañeras de nido se propuso ser parco en cantos.
Solo lo haría cuando la primavera comenzara a florecer para dar testimonio de su llegada.
Con el anuncio de la “buena nueva” no se percatarían de su melodía sino del mensaje que con su canto trasmitía.
Sustituyó el “como” por el “porque” y supo hacer de su falta de habilidad su gran fortuna.
CU-CU…CU-CU…
Cada primavera al escuchar su voz buscamos en nuestros bolsillos unas monedas, con la esperanza de que su fortuna pase a ser la nuestra y durante el año nos aumente esta.
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Érase una vez…
La ciudad de “nunca me había pasado antes esto”.
Digo ciudad porque en ella había una sombrerería, y ésta es la que da la categoría de ciudad a un pueblo.
Y “nunca me había pasado antes esto” porque sus vecinos continuamente repetían la citada frase.
La corporación municipal compuesta del alcalde y varios concejales por decisión unánime en el pleno celebrado aquel viernes del mes de Noviembre, aprobaron contratar un Sudamericano para que diera clases de baile a los ancianos del lugar y de ésta manera mejorar su calidad de vida deteriorada en parte por los años y en parte por su falta de actividad, ya que solo se dedicaban a jugar al BINGO en el casino como único y prioritario entretenimiento.
Cuando se presentó en sociedad a Juantxo todos alabaron su juventud y carnes apretadas que ponían en relieve las muchas horas de baile como profesor.
A la convocatoria realizada para el día siguiente en el frontón municipal, acudieron en chándal y zapatillas nerviosos y gesticulantes.
La canción de la Macarena comenzó a sonar y todos pudieron comprobar la soltura del monitor en dar saltos y moverse… otra cosa fue, cuando a sus órdenes intentaron realizar las mismas piruetas y giros.
Caídas…esguinces…golpes.
La sala de urgencias del pequeño ambulatorio pronto quedó desbordada.
No se escuchaba más que una frase de boca en boca “nunca me había pasado antes esto”
Era el primer día y los jubilados habían quedado diezmados.
Asustados y doloridos al día siguiente no acudieron a la hora convenida y la corporación municipal despidió a Juantxo por exceso de ritmo y carnes apretadas.
Se aprobó seguidamente otra alternativa mas reposada, que consistía en clases de “la nueva cocina vasca”
Este era otro cantar… el comer es el último placer que nos queda cuando los otros que exigen mas esfuerzos han sido abandonados y todos aceptaron el cambio encantados.
Maritxu con un delantal blanco se dispuso a cocinar “morros y patas de cerdo” ante un público acaparador.
Una vez finalizadas las clases la gran cazuela cocinada fue prácticamente devorada por los aprendices.
Cólicos…diarreas…estómagos agriados…
La sala de urgencias de nuevo se llenó y la frase volvió a correr por el pasillo del ambulatorio “nunca me había pasado antes esto”.
Asustados y purgados quedó todo en fracaso y Maritxu señalada con el dedo.
Un cachondo sugirió: lo que necesitamos es “charlas sobre la vida sexual sana”
A esta iniciativa solo acudieron los hombres, las mujeres consideraron que una vida sexual sana, no es una vida sexual agitada sino una vida sexual sin sexo, y para ello no necesitaban charlas.
Aquí intervino el cura D. Sátiro.
Convencido de que los placeres del cuerpo son pecaminosos, propuso ejercicios espirituales.
Esto no fue del agrado de los sedentarios ancianos…el espíritu es algo demasiado abstracto para hacer con él ejercicios.
Ante la insistencia del cura todos aceptaron. El domingo al anochecer se reunieron en la Iglesia para escuchar lo que iba a fortalecer el alma y con ello mejorar el viejo cuerpo.
Entusiasmado ante tanto público habló con vehemencia del infierno y sus angustias la penitencia y el castigo, el cura desde el púlpito castigaba con el verbo a los fieles que sobrecogidos no pudieron resistir la tensión y comenzaron a marearse, tener sofocos, falta de aire…..
En el ambulatorio a más de uno tuvieron que suministrarle oxígeno y tratamiento para bajar la tensión.
Fue inevitable el comentario “nunca me había pasado antes esto”.
Nadie quiso volver a tener mas experiencias con el infierno y el demonio los bancos de la Iglesia quedaron vacíos y D. Sátiro reconoció su fracaso.
Las alternativas se iban agotando ¡Benidorm ¡…!gran palabra!
El punto veraniego con magnifica playa y pintoresca situación en la provincia de Alicante.
¡Ahí estaba la solución! Se aplaudió la idea, aludiendo inflamación dolorosa en las articulaciones y el beneficio del yodo en ellas se apresuraron en dar conformidad todos sin excepción.
Cuando transcurridos dos meses de paseos matutinos por la playa y los huesos doloridos no mejoraban, la decepción llegó y el bikini de rosas fluorescentes fue abandonado en el fondo del armario.
Todos recordaban con nostalgia el casino y su bingo.
Habían tenido la fortuna de encontrar un estilo de vida que les gustaba, solo les faltaba el coraje para vivirla. Y se decidieron…
Contra toda opinión dejaron a un lado las gimnasias y los bailes agotadores, también los oficios eclesiásticos amenazadores, viajes, charlas, clases de cocina y nietos llorones.
El casino volvió abrir sus puertas y se repartieron entre risas y nervios los cartones de colores.
El…69, el…15 ¡BINGO! ¡ANTES SI ME HABIA PASADO ESTO¡
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Érase una vez una población pequeña en la que había una zapatería y en ella un viejo zapatero que con mimo trabajaba los zapatos.
Tenía éste un hijo llamado Pepito al que enseñaba pacientemente su oficio.
Pepito se había criado entre el olor de cuero y la grasa para ello, pero no tenía mucho interés en remendar pegar y arreglar zapatos.
A él, lo que verdaderamente le gustaba del cuero era ir uniendo los recortes que sobraban con la intención de hacer un balón de fútbol.
El viejo zapatero sonreía al ver a su hijo afanado en el arte difícil de conseguir la redondez y comprobaba que el balón terminaba siempre ovalado.
Aburrido de su fracaso se dirigió una mañana al campo de fútbol dispuesto a probar los resultados.
Pero sus amigos se burlaron de él, el balón ovalado no corría por el campo con la misma destreza que lo hacía el redondo.
Pepito volvió a casa desilusionado.
Al verle el zapatero tan triste le preguntó:
-¿Que ocurre, no está bien cosido tu balón?
-No es eso,-respondió Pepito- no es lo suficientemente redondo como para rodar rápido-
-Pues, sí el balón no sirve para jugar al fútbol por no ser redondo, inventa un juego para un balón ovalado -le dijo el zapatero- recuerda que todo lo que hay sobre la tierra sirve, sólo es cuestión de saber dónde y cómo aplicarlo.
Aquella noche Pepito durmió inquieto y a la mañana siguiente se levantó decidido.
Acudió con sus amigos al campo de fútbol y les dijo:
-Vamos a jugar un partido pero con la característica que al hacerlo con el balón ovalado será permitido cogerlo entre las manos y correr con él hasta la portería, mientras sus contrarios tratan de quitárselo-
Todos aplaudieron la idea, fue un partido tan emocionante como el llamado fútbol.
Con el tiempo los americanos lo copiaron y le llamaron Rugby.
Pero fue Pepito el hijo del zapatero quien inventó el juego por no ser un buen “costurero”.
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Todos nacemos preparados para algún trabajo y Maripuri a sus 15 años estaba convencida de que su habilidad consistía en lanza con cada mano una pelota al aire, y controlando su rumbo cruzarlas para volver a recogerlas y de nuevo lanzarlas.
Había adquirido durante el último año destreza en este campo practicando diariamente, y acudía a las plazas de reconocida importancia comercial en la que la concurrencia de gente era notoria para demostrar al público el control que ejercía sobre sus dos pelotas de goma una verde y otra roja.
Aquel viernes por la mañana a temprana hora, abundaban los comerciantes o feriantes en la Plaza Mayor del pueblo dispuestos hacer negocio y no tanto las personas que se acercaban a observar las mercancías que se exponían sobre mesas portátiles fáciles de trasportar y montar.
Una lluvia menuda humedecía el suelo y un cielo color ceniciento y apagado entristecía el ambiente.
No se presentaba buen día para demostrar habilidades a un público desconfiado y escaso de imaginación-pensó Maripuri- mientras que de una mirada generalizada comprobaba cual podría ser el espacio más idóneo para su actuación.
Y fue en esta búsqueda cuando llamó su atención un joven feriante situado a su derecha, que pacientemente ordenaba prendas sobre la mesa mientras su compañero ajustaba el toldo de plástico transparente para protegerles de la llovizna.
Tenía en sus manos unas preciosas bragas rojas de motas blancas, del tamaño éstas de una moneda pequeña.
-¿Cuántas motas tendrán esas bragas?- se preguntó mentalmente Maripuri mientras las contemplaba.
-Unas 48…le contestó su talento matemático-
Sin dudarlo un momento se acercó y ante el asombro del joven comerciante comenzó a contarlas.
Primero desde la cintura hasta el arranque de las piernas por delante, después girándolas la parte de las nalgas.
-48, ni una más ni una menos-exclamó en voz alta sonriendo triunfante por su acierto.
Paralizado ante el recuento de las motas y a la expectativa ante el entusiasmo de Maripuri el vendedor le miraba asombrado.
-Me las quedo- observó ésta con desparpajo guardándolas cuidadosamente en la bolsa junto a las dos pelotas de goma.
Después de abonar las mismas vaciló si comenzar su actuación o no, todo a su alrededor parecía triste y apocado, solo en el fondo de la bolsa unas bragas con motas blancas rivalizaban en color y alegría a sus dos pelotas verde y roja.
Apenas titubeo un instante cuando ya sus pies se alejaban de la Plaza Mayor.
Para Maripuri su compra, no había sido de unas bragas que al fin y al cabo es una prenda interior de vestir que usan todas las mujeres, sino de unos culeros que le excitaban por sus 48 nudillos redondos blancos.
Aceleró el paso.
Cuanto antes debía comprobar si tenía la medida conveniente para cubrir las dos proporciones carnosas y hermosas de su trasero.
Por fin en su habitación ante el espejo, introdujo por las aberturas de la prenda sus dos pies izando suavemente hacía sus torneados muslos para llegar a la parte mas ensanchada de su cuerpo, comprobando admirada que se ajustaba perfectamente al mismo.
-¡Qué preciosidad¡-exclamó con entusiasmo.
Sin poder contenerse acarició su vientre plano y girando sobre sí misma para observarse mejor en el espejo, deslizó sus manos hacia el culo y con movimiento suave y mimoso recorrió varias veces el mismo.
Cual no sería su sorpresa al comprobar que una de las motas, justo la que tapaba el agujero del ano, se desprendía de los culeros dejando en el mismo un espacio circular más extenso rojo y se instalaba en su mano.
El imprevisto extraordinario le cogió del todo desprevenida pero sin dudarlo un momento con la otra mano comenzó delicadamente acariciar su pubis y al momento otra mota se desprendía de la prenda.
Una estaba situada en la parte cóncava de su mano izquierda y otra de la derecha.
Estas, como si obrasen por su propia cuenta sin someterse a dirección alguna, lanzaron al aire primero una y después la otra cruzándose para volver a recogerlas como lo hacía con sus pelotas de goma verde y roja.
Un grito de alegría estaba a punto de escapar de su garganta cuando maravillada contemplaba como una y otra subían y bajaban hasta que…la dirección propuesta ligeramente se inclinó y la mano derecha se cerró en vacío.
Ante el asombro y la excitación de Maripuri la mano izquierda perdió el reflejo y la mota que descendía haciendo la misma voltereta graciosa que su compañera se situó en el pubis.
De nuevo en el culero había 48 motas blancas.
-¡Fantástico¡- se dijo en voz alta, mientras se vestía para salir apresuradamente hacía la Plaza Mayor.
En la habitación quedaban olvidadas en la bolsa dos pelotas de goma, una verde y otra roja.
Había dejado de lloviznar.
Unos débiles rayos de sol caldeaban e iluminaban el ambiente cuando Maripuri llegó jadeando.
Esta vez, no perdió el tiempo buscando el sitio idóneo y en el primer hueco que encontró se instaló.
Rápidamente se despojó de las zapatillas y a continuación de los calcetines.
Cuando comenzó a bajarse los pantalones llamó la atención de los feriantes y del público en general que comenzó a cercarle.
Aquello prometía…
Sus esplendorosos 15 años mostraban unas largas piernas que culminaban en un precioso culero rojo con motas blancas.
-Hay 48- apuntó el joven vendedor que abandonando su puesto de venta se acercó a primera fila mientras señalaba con el dedo las motas.
Nadie pareció entender a que se refería.
Ajena al público que jaleaba con palmas su proeza, Manirpuri comenzó acariciarse dulcemente sus nalgas hasta que sintió en su mano el contacto del nudillo redondo.
Cuando su mano izquierda frotaba su pubis el público babeaba.
El momento resultaba oportuno, así que comenzó a lanzarlas al aire primero una y después la otra con agilidad y destreza repitiendo varias veces el ejercicio.
De pronto un murmullo amenazador se extendió por la Plaza Mayor.
-¿Qué hacía aquella insensata…
-¿Porqué dejaba de tocarse…
-¿A quién le interesaba sus malabarismos…
Dando un paso al frente el mas babeante le increpó:
-¡Deja de dar el coñazo con ese par de “canicas” y tócate¡…
El público coreó…¡QUE SE TOQUE¡…¡QUE SE TOQUE¡…
Maripuri intentaba controlar su mente a la vez que el equilibrio, ¿qué había dicho aquel cretino…”canicas”…no era obvio que se trataba de dos preciosas motas blancas… como era posible que no apreciasen su espectáculo?.
El murmullo amenazador aumentaba…..
El espectador babeante de un manotazo desplazó en el aire lo que el consideraba “canicas” y éstas con el impulso fueron a parar al puesto de las aceitunas.
Con las manos alzadas quedó Maripuri a la espera de lo que no le llegaba, mientras la risa y los aplausos del público enardecían al arrogante espectador que comenzó a saludar ridículamente.
Consciente de que para el éxito solo el talento no basta y de que aquellos necios jamás apreciarían su arte se vistió y salió de la plaza apresuradamente dejando tras de sí un coro de silbidos de desaprobación.
Una vez en su habitación reflexionó sobre lo ocurrido.
Había perdido dos motas de su bonito culero que posiblemente se encontrarían sucias y con olor de olivas en el puesto del aceitunero.
A pesar de ello la prenda mantenía todo su encanto, no podía acariciarla en público sin provocar a éste, pero en privado realizaría todo tipo de juegos con ella.
Recuperó su bolsa abandonada poco antes con sus dos pelotas de goma.
Si alguna vez vas al circo y ves una muchacha de largas piernas que lanza al aire dos pelotas una ver de y otra roja, recuerda…
Es Paripuri, que ofrece su espectáculo para que aplaudas su habilidad… pero que mantiene en su intimidad otros juegos increíbles con una braga roja y sus 46 motas blanca que le hacen muy feliz y le dejan satisfecha.
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Una plancha de cristal azogada por uno de sus lados para que se refleje y represente en ella los objetos que tenga delante se encontraba abandonada en el campo.
No recordaba como ni cuando llegó hasta aquél lugar pero varias estaciones del año habían transcurrido desde entonces.
Un día arrastrada por el viento una cuerda con una lazada corrediza que servía para cazar conejos se posó sobre ella.
El nudo al verse reflejado en el espejo se sorprendió con el ir y venir del cabo cruzándose en varios puntos.
Sin dudar un instante comenzó a tirar por uno de ellos y al momento el lazo se cerró estrechándose, asustado volvió a tirar de nuevo y el nudo se apretó más.
-¿Quieres ahogarte?- le dijo el espejo al verle colorada y sin aire- tengo el poder de cambiar la dirección de los objetos, así que deja en paz el nudo sino te quieres estrangular-
Soltó rápida el lazo y cuando llegó el alivio observó detenidamente al espejo y le preguntó:
-¿Tu entidad es real o abstracta, quien eres?-
-Soy un espejo, -le respondió- yo soy todo, mas quien se contemple en mí-
-¿Somos los dos uno? volvió a insistir el lazo-.
-No, tu eres una cuerda preparada para cazar y yo, un espejo en el que te reflejas-
Meditaba ésta sobre lo que le había dicho cuando el conejo al que debía apresar salió de su madriguera y llegó hasta ellos.
Demasiado cerrada por los estiramientos a los que se había sometido comprobó la escasa probabilidad que tenía de capturarlo.
Lo mismo debió de pensar el mamífero que se acercó al lugar sin temor ni recelo.
Sus largas orejas fue lo primero que examinó con atención en el espejo y haciendo un mohín le envió a cada una de ellas un guiño.
Por la familiaridad con la que se movía el roedor quedaba confirmado que para éste no era desconocida la plancha de cristal.
A continuación sacando su lengua comenzó a lamer suavemente la misma y empujando con su hocico envió fuera de ella la cuerda corrediza.
Una vez limpia y brillante ésta se examinó con atención los pelos de su bigote, frotó sus dientes y estampó un sonoro beso al conejo que le sonreía en el reflejo.
La cuerda desde el lugar al que había sido desplazada observaba a los dos mamíferos frotándose al unísono la nariz y el morro, los hilos torcidos que formaban su cuerpo largo se alteraron…era posible duplicar la imagen detalladamente hasta con gestos y señales, ¿cuántos conejos podría atrapar con su nudo corredizo si lo hacía sobre el espejo?…
Intentaba reflexionar profundamente sobre todo ello cuando éste se retiró hacía su madriguera a la vez que un rayo de luz y calor como influjo de la aparición del astro sol en el cielo se introdujo en el interior del espejo cegándola con su claridad.
¡Había una puerta por la que entrar en aquel mundo fantástico y el sol la conocía!
El tonto del conejo satisfacía su vanidad contemplándose sin sospechar que en el interior de aquel objeto extraordinario y admirable se podía entrar.
Con un movimiento circular consiguió llegar al espejo con la esperanza de pasar por la puerta haciendo caso omiso a la intensidad de calor del sol en el estío…la elevada temperatura dilató al poco tiempo sus hilos torcidos, evaporó sus líquidos y lo fundió antes de lograr su objetivo.
Desde su madriguera el conejo vio extinguirse el lazo corredizo, la curiosidad unida a la ignorancia había marcado su destino.
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Érase una vez un pequeño adminículo de metal hueco, forma cónica y cubierto su superficie de hoyuelos que utilizaba en la extremidad del dedo corazón de la mano derecha para no herirse con la aguja al coser, una simpática y alegre costurera.
El ojo de la barrita de metal por donde pasaba una hebra larga y delgada de algodón estaba en continuo contacto con los hoyuelos del dedal, pero este, era lo suficientemente duro para hacer frente a la presión de la aguja y su granulado evitaba que resbalase y pinchara.
En perfecta armonía dedal, aguja y hebra de algodón se dejaban acariciar por los dedos de la costurera mientras ésta unía los pedazos de tela y con gran habilidad confeccionaba prendas de moda que vendía en su comercio.
Por último, una máquina de coser llamada “ALFA” participaba igualmente en la costura, pero su alta alcurnia no le permitía codearse con el dedal y la aguja por lo que no se intercambiaban más que ligeras miradas cuando el hilo de algodón pasaba de una a otra.
Llegó Mayo y se presentó caluroso, el cambio de temperatura había sido brusco Abril se fue frío y lluvioso y cuando nadie lo esperaba salió un sol radiante y convirtió aquella primavera sosa y triste en una promesa de verano caliente.
Nuestra alegre costurera se encontró de pronto desbordada de trabajo, todas las jóvenes se pusieron de acuerdo unas por coquetería y otras por necesidad para estrenar ropa nueva y con insistencia le reclamaban encargos.
El calor no facilitaba las cosas, las manos le sudaban y el dedal oprimía el dedo hinchado por efecto de ello encontrándose molestos los dos, por otro lado la aguja resbalaba y el hilo de algodón pringoso se negaba a deslizar.
“ALFA” también estaba alterada, ella necesitaba ser engrasada con aceite periódicamente para mantener su armonía y el exceso de trabajo le estaba obligando a coordinar sus puntadas con mayor rapidez, éste esfuerzo no se veía recompensado con una mayor dedicación y mimo a su persona.
La clase obrera estaba a punto de alzarse en huelga.
El dedal de metal estaba dispuesto a encabezar la manifestación si era necesario siempre contando con el apoyo de la aguja y el hilo de algodón.
De reojo observaban a “ALFA” ésta, significaba el 80% de la mano de obra y era conveniente contar con su colaboración.
Por mediación del hilo le pasaron las consignas correspondientes y pronto comprobaron que “ALFA” estaba tan agotada como ellos y dispuesta a colaborar.
La patronal, en éste caso nuestra ya no alegre costurera pues el agobio había conseguido alterar su carácter, ajena al descontento de sus colaboradores comenzó el corte de un exclusivo modelo vestido de novia en raso blanco.
Debía dedicarle a éste muchas horas de trabajo, y pronto se dio cuenta que el Domingo no podría ser festivo si quería entregar en el plazo prometido.
Desde primeras horas de la mañana, el dedal…la aguja…el hilo de algodón… “ALFA” se encontraban en frenética galopada a pesar de ser día de descanso, y fue la vieja máquina de coser la que en un intento de rebelión deshizo la correa que sujetaba los pedales con la cabecera y al no poder aprovechar la acción de la fuerza, ésta se fue parando.
Con una maldición la patronal intentó que la correa volviera a su sitio pero “ALFA” se negaba a facilitar las cosas, una y otra vez el intento resultaba fallido.
En un arranque de mal genio abandonó la máquina y con gesto desafiante se puso a pasar el hilo de algodón por el ojo de la aguja.
Entre sus dedos sudorosos ésta giraba suavemente y después de varios intentos la hebra se introdujo en el agujero.
Desde su posición en la extremidad del dedo corazón de la mano derecha el dedal de metal observaba la rebelión de la clase obrera y en su afán de colaborar uno de sus mas gastados hoyuelos cedió y un pequeño orificio dio paso a la barrita de metal que se introdujo por él pinchando el dedo de la costurera.
Ésta gritó arrancando con gesto agresivo el dedal de su dolorido dedo y una pequeña gota de sangre roja se pudo ver en su extremo.
Antes de que pudiera evitarlo el vestido de raso blanco quedo enrojecido y manchado.
Desesperada, retiró su labor y por fin todos descansaron.
El dedal…la aguja…y el hilo celebraban su victoria entre risas mientras en el fondo del costurero se acomodaban a disfrutar de su merecido descanso.
Pasaron los días y no fueron reclamados para trabajar la situación se volvía incómoda, tras la primera alegría de la conquista aquel relax se parecía más a un abandono.
El dedal de metal perdía brillo y se oxidaba, el hilo de algodón y la aguja languidecían el olvido actual era peor que el anterior agobio.
El mayor de los males es salir del número de los vivos antes de morir.
Inesperadamente la tapa del costurero se abrió y la competencia llegó hasta ellos.
Un dedal nuevo de marfil blanco precioso entró triunfante, junto a él, una joven aguja de acero y un hilo de nylon fino completaba el trío.
Nuestros tristes obreros quedaron paralizados habían sido suplantados por otros mas bellos, fuertes y útiles.
Desde el costurero buscaron afanosamente a “ALFA” pero no la encontraron en su lugar vieron a otra máquina de coser mas moderna y automática con toda clase de prestaciones, unas letras vistosas resaltaban su nombre “SIGMA”
La táctica de saber que hacer cuando había mucho que hacer no les servía para saber que hacer cuando no había nada que hacer.
No habían tenido estrategia…solo táctica, y con ello de ser unos rebeldes en el pasado iban a ser unos posibles déspotas aburridos en el futuro.
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Soy un instrumento portátil destinado agitar el aire para proporcionar cierta sensación de frescura mediante los movimientos de vaivén que se me imprimen.
También como espantamoscas me han utilizado en Oriente, Grecia, Roma…en mi origen fui creada con hojas de loto, plumas, ó paja, últimamente como bello objeto de arte en marfil, nácar… y maderas finas para el varillaje rematada con encaje o plumas.
Como podéis comprobar soy multiusos en el servicio y estoy considerado como una joya por mi valor y belleza.
¿Conocéis otro instrumento mas completo?
Con frecuencia acudo a los toros y allí me encontraba el 7 de Julio día de San Fermín.
Entré en la plaza de Pamplona con una cuadrilla de chavales sofocados por el vino y la falta de aire.
Pasaba de mano a mano pues todas me necesitaban con mayor o menor urgencia unas eran sudorosas y torpes otras secas y nerviosas.
El vaivén a que me obligaban en todo momento era diferente, yo procuraba proporcionar aire fresco en cualquier situación aunque percibiendo que ninguno de ellos estaba en condiciones de apreciar mi trabajo.
Uno, me cerró y pensé que era el momento de descansar pero al instante fui golpeada contra la cabeza de su amigo.
Mi varillaje se resintió y mis encajes se alteraron, iba a protestar pero no me dio tiempo fui pasando de cabeza a cabeza y de coscorrón a coscorrón.
Yo, que hace poco presumía de servir para mucho no estaba preparado para esto y al poco tiempo cuando cesó el juego todo en mí estaba despegado y rasgado.
No me reconocía ¿Cómo había llegado aquella situación?
Había perdido mi belleza y utilidad, así debió de entender el joven que me manoseaba que sin dudarlo dos veces me lanzó al ruedo.
Caí a la arena y ésta me evitó el golpe, pringada de sudor, oliendo alcohol, fea y rota permanecí a la espera de mi destino que no parecía muy halagüeño
Al poco rato el suelo tembló, y “Adar-zuri” un toro de 560 kilos salió a la plaza llenando con su presencia el ruedo.
Hubo faena, el torero “Solear” se afanaba y “Adar-zuri” ofrecía toda su nobleza.
Yo, contemplaba impresionada y pase tras pase torero, y toro vi que se iban acercando.
Este último se percató de mi presencia y desatendiendo el capote se acercó a mi ¡qué aspecto más lamentable ofrecía! herido, sangrando y cansado me miró con expresión de extrañeza
-Este no es tu sitio- me dijo.
-Ya lo sé, pero no he podido escoger mi destino -
-Yo, fui criado para el mío – afirmó con un ramalazo de orgullo.
-Pues bien triste es, embestir un capote hasta morir bajo una espada, no justifica toda una vida aunque haya sido esta muy holgada -
-¿Y el arte? protestó enfadado – ¿no ves cómo la plaza entera me aplaude?…
-No es a ti presumido, sino al torero – le contesté débilmente.
-Te equivocas, éste no es nada sin mí – y diciendo esto embistió con decisión el capote.
“Solear” se lució y fue creciendo su bien hacer, mientras “Adar-zuri“languidecía.
-¡Ole¡- gritaba el publico entusiasmado.
Por un momento el toro dudó, ¿tendría razón el abanico?…
Fijo su atención en “Solear” era una poquita cosa cubierta de color, decidido a mostrar donde estaba el poderío avanzo bravo hacía él, sintió al momento que un acero atravesaba su cuerpo y cayó a la arena herido de muerte.
Desde ella contempló las gradas y vio cientos de pañuelos blancos agitándose.
Me saludan -dijo con un hilo de voz -
-¡Y un cuerno! nos despiden, le contestó el abanico -
Instantes después los dos salían arrastrados de la plaza.
Al día siguiente comentaba la prensa de Pamplona:
“Calor y arte en la corrida de “Solear” fue tarde de abanicos y toros nobles los dos protagonistas de éste 7 de Julio San Fermín”.
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Érase una vez un perro llamado Kortiko.
En su familia de raza pastor-alemán todos eran grandes y fornidos pecho ancho y robusto, pies y manos recios.
En la gestación algo no fue bien en el vientre de su madre, y de una camada de 5 perros nació Kortiko, corto de pies y manos.
Esto no fue un problema para su perra madre, a ésta le pareció perfecto a pesar de su anomalía y fue criado con sus hermanos con el mismo cariño que el resto.
Tampoco impresionó al dueño de la casa donde nació, cuando vio que apenas se alzaba del suelo, un rápido vistazo le sugirió el nombre con el que todos le conocerían Kortiko
Pasó el tiempo y se convirtió en un perro valiente y leal, al que le creció el pelo lanoso que debido a sus cortas extremidades rozaba el suelo.
Le gustaba mucho la música y sobre todo bailar, no podía impedir que a los primeros compases que escuchaba sus cortas patas se pusieran a saltar y resultaba divertido para quien le veía las piruetas que sin cesar hacía.
Con ello hacía gimnasia matinal, a la tarde volvía a repetir, y al anochecer ya con menos salero bailaba sus últimos chin…chines…al son de la radio pródiga en discos de felicitaciones.
Un día llegó a casa un vecino y al ver aquella bola de lana girar como una peonza al son de los compases, le dijo a su dueño:
-¿Porqué no lo vendes a un circo?-
Y al poco tiempo terminó en uno de ellos.
El cambio de vida no le agradó, su vieja perra madre en la casa quedó y con ella sus mimos, la Radio y los discos de felicitaciones.
Dejó de bailar y perdió su agilidad… pero un día que malhumorado lloriqueaba su perra vida vio algo que le dejó asombrado, un hombre que como él, tenía cortas las extremidades.
Conoció a un enano.
Se acercó y tímidamente le saludó, el pequeño hombre que sólo era pequeño en estatura pero grande como hombre le sonrió y la vida de Kortiko desde éste momento cambió.
El enano le demostró que con paciencia y voluntad podría mil conquistas realizar, que la música no solo servía para escuchar y bailar sino también interpretar y así fue como aprendió el tambor a tocar.
Esto le lleno de satisfacción pues todos los días tenía actuación, el público le aplaudía y él en agradecimiento con mil piruetas les correspondía.
Con el circo por todo el país viajó, de su perra madre jamás se olvidó, pero su antiguo hogar, la radio y los discos de felicitaciones no añoro.
Si alguna vez oyes decir que la raza de perro pastor sólo sirve para guardar ganado… cuéntales éste cuento y diles que kortiko fue “artista” “tamborrero”.
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En una ermita chiquitina situada en un bonito valle rodeada de caseríos ya viejita pero todavía activa, vivía una campana.
Esta se sentía muy orgullosa de su voz, recordaba cuando le instalaron recién construida la ermita y desde la misma contempló el valle ¡que campos más bellos iba a tener a sus pies!
Los aldeanos que la rodeaban esperaban impacientes escucharle y ella sin hacerse de rogar y aclarando su garganta se puso a cantar alegremente tan…tan…tan
A todos les gustó y así fue como llegó a ser parte de aquella comunidad.
Desde entonces había transcurrido mucho tiempo, ella estaba mas viejita pero su voz apenas había perdido tono y seguía uniendo a todos los vecinos para las celebraciones festivas, tin-ton…tin-ton dos voces diferentes que ella compaginaba en una.
Cuando un vecino fallecía, eran nueve las campanas que señoriales anunciaban la desgracia TAN…TAN…TAN separadas entre si por un espacioso silencio.
Al mediodía tocaba el ángelus, y cada hora sin retrasarse un minuto daba las campanadas correspondientes.
-¡Que vida tan activa!-pensaba la campana-soy imprescindible.
Pero un día que contemplaba maravillada la aurora, vio cerrarse un caserío…después al poco tiempo otro…y la vieja ermita quedó abandonada, la hiedra pronto se apoderó de ella y enroscándose en sus viejas piedras llegó hasta el campanario.
-¿A dónde vas?- le preguntó la campana.
-Quiero estar contigo,- le contestó, y diciendo esto se abrazó a ella.
-¡Suéltame hierba verde!-se enfadó la campana-¿no ves que si tu me sujetas no doy el tono apropiado de voz?-
Pero ya era tarde, la hiedra se enroscaba en el metal y le asfixiaba a duras penas pudo entonar un suave lamento de despedida.
Allí quedó para siempre en silencio quien vivió con total intensidad su momento.
LA CAMPANA





















