Archivado en: cuentos cortos, fabulas, relatos cortos | Etiquetas: cuento corto, El Tren, fabula, relatos cortos
El pueblo se sitúa en un barranco de altos montes y en los márgenes de un río que lo atraviesa de Norte a Sur y lo riega con varios arroyos.
La parte principal de él, se encuentra a la derecha del río.
Tiene casa Municipal con una decente fachada de piedra sillar construida sobre tres arcos, cárcel, posada, una plaza, escuela para ambos sexos concurrida por 56 alumnos, dos fuentes y la Parroquia de Santa María la Real, que se completa con un pórtico bellísimo a base de madera que está cuidadosa y originalmente tallada con motivos vegetales, geométricos y símbolos
La estación donde el tren intercambia viajeros y mercancías al igual que el cementerio está situada en la zona más alta del pueblo.
Para llegar a cualquiera de ellos desde la plaza, por el atajo hay que apoyar el pie en 87 peldaños, si el recorrido se hace por carretera son siete las curvas a la estación y nueve al cementerio.
Esto no es ningún obstáculo para que aquel Domingo de San Juan a las 11 de la mañana, los 56 alumnos mas o menos, con sus respectivas familias, sillas, fiambreras y gorros del sol, esperen ansiosos la serie de vagones enlazados uno con otro llamados “BOTIJO” con destino a la más cercana población de la costa por precio económico.
Un silbido prolongado anuncia su llegada y las madres sujetan a los más pequeños de la mano para evitar que el nerviosismo contenido provoque un accidente.
Instantes después el asalto a los vagones es inevitable.
Un viajero con una maleta en la mano trata de bajar inútilmente de uno de ellos, los chavales acometen impetuosamente a la búsqueda del asiento junto a la ventanilla lugar codiciado por todos, después llegaran los padres, las sillas, fiambreras y gorros del sol.
Por fin, el enjuto viajero vestido de negro puede descender, lo hace sosegadamente, ajeno al griterío y barullo al que ha sido sometido, y una vez en la estación, se dirige con paso cansino hacía el cementerio siguiendo la dirección
que indica el rótulo del cruce.
Mientras, el tren de recreo se aleja por su camino de hierro silbando nuevamente y dejando tras sí, un absoluto silencio.
Ha llegado el nuevo enterrador.
Se le esperaba la semana anterior, y aunque sus servicios no fueron necesarios, el alcalde ya daba señales de impaciencia al retraso.
Una rápida mirada del jefe de la estación que el viajero ignoró) fue la única bienvenida.
El cementerio tiene las puertas abiertas de par en par invitando a entrar y salir a todo vecino que lo desee, pero el lugar está solitario y silencioso aquella mañana del Domingo de San Juan.
El desnivel del terreno obligó a dividir éste en dos alturas, uniendo la parte inferior con 17 peldaños a la superior, donde se alinean los últimos difuntos.
Desde cualquier tumba el panorama que se contempla es la estación en toda su extensión con el ir y venir de trenes.
Al poco de llegar el nuevo enterrador se puso en faena abriendo en la tierra un hoyo, y cuando la obra ya estaba finalizada depositó cuidadosamente en el fondo la maleta que le acompañaba en su viaje, volviendo a cubrirla de tierra y dejando la nueva tumba perfectamente ordenada.
Este hecho no pasó desapercibido en la pequeña comunidad.
Tanto en el libro de registros como en su nueva morada, una cruz con una placa atornillada a la misma daban fe de los datos personales del que ocupaba el lugar, y en la tumba número 124 no estaba enterrado nadie del pueblo.
Pero no había duda de que el enterrador había realizado el hoyo correspondiente y depositando algo ó alguien en su interior.
Mientras…ajeno al alboroto organizado y a las miradas furtivas que el jefe de estación le dirigía, todos los días acudía a las cuatro de la tarde a la misma y pacientemente esperaba la llegada del tren, comprobando el intercambio de viajeros y mercancías.
Cuando el último vagón se perdía de vista regresaba con su paso cansino al cementerio y se sentaba junto a la tumba número 124 dejando pasar la tarde en total meditación. Su trabajo de enterrador sólo lo había ejercido en el hoyo que para su interés había realizado, y ningún vecino de la villa enfermo o sano parecía querer colaborar en darle trabajo.
Apremiado por la murmuración o fantasía de los vecinos que no cesaban en meter cizaña, decidió el alcalde enviar al alguacil a retirar la tierra que cubría la tumba número 124 y comprobar que se enterraba bajo ella.
Se esperó a las cuatro de la tarde.
Un día más el enterrador bajó a la estación.
Mientras, en el cementerio a grandes paladas comenzó a trabajar sudando copiosamente el empleado municipal.
Al cabo de unos minutos que parecían horas la bolsa negra quedó visible.
El tren entraba puntualmente en la estación.
Solo un viajero bajó al andén desde el mismo.
Una bellísima mujer vestida de rojo. .
En la tumba número 124 la materia inorgánica desmenuzable que salía por lo aires se detuvo, y su autor se quedó embelesado contemplando a la mujer.
El enjuto enterrador se acercó a ella y la besó apasionadamente, su mano izquierda rodeó su cintura y suavemente la deslizó hacía el culo ó nalgas acariciándolas varias veces
El alguacil no esperó más…. sin apenas aire en los pulmones y los ojos salidos corrió hacía los 87 peldaños bajando a la plaza sin resuello mientras gritaba gesticulante…” UNA BELLA MUJER VESTIDA DE ROJO”…..
Todos quedaron aterrados, nadie dudó del contenido de la tumba y sin esperar mas explicaciones los vecinos subieron desordenadamente al cementerio.
No encontraron a nadie, sólo la maleta negra en el hoyo…
El más decidido la abrió.
En su interior un papel enrollado de forma cilíndrica atado con una cinta roja. Nada más….
Desconcertados se fueron pasando el rollo de uno a otro hasta llegar a manos del alcalde.
Este, en silencio soltó la cinta y deslizó el papel.
En voz alta leyó…
“Un químico que analizara mi cuerpo se encontraría con:
15 kilos de carbono
4 kilos de nitrógeno
1 de calcio
½ de azufre y fósforo
4 cubos de agua,…
Mezclados estos ingredientes de forma complicadísima se formaron en él células
que permitieron a mis riñones filtrar substancias venenosas, mis ojos ser sensibles a la luz, mis músculos elásticos.
Esta máquina tan perfecta necesitaba la energía del espíritu, esa sustancia compuesta de partículas sutiles y ligerísimas repartidas por todo el cuerpo como un soplo cálido y en la que reside la capacidad de amar
Hasta hoy, en mí, éste espíritu estaba muerto y lo enterré en la tumba número 124
Pero…en el tren de la vida me ha llegado el amor.
He recuperado mi alma del hoyo, y con ella el deseo, la libertad, y la razón….”
A lo lejos,.. llevando en sus vagones enlazados, un enterrador y una bellísima mujer vestida de rojo se oye el alegre silbido del tren.
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