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Quienes tenían la facultad de comparar, juzgar, conocer y entender, afirmaron que estaba escaso de razón, que no tenía capacidad de discurrir, reflexionar o pensar acerca de las cosas…
Y le llamaron Tonto.
Era un muchacho de rostro pecoso y naturaleza fuerte, que ayudaba en las misas y otros menesteres de la Iglesia Ntra. Sra. del Rosario como monaguillo.
Su lugar preferido era el campanario.
Pocos feligreses decidían subir los 96 escalones en caracol ó espiral
La última vez que lo hizo D. Serapio el párroco, un 24 de Diciembre de hacía ya muchos años tropezó en el descenso y desde el día del nacimiento del Hijo de Dios hasta el Pentecostés los pasó en el hospital.
Ahora Tonto tenía en el campanario su espacio propio.
Por medio de una cuerda que tensaba, el badajo golpeaba el metal de la campana haciéndola sonar, y a través de ella todo el territorio que estaba bajo su jurisdicción conocía la hora de la celebración de los oficios divinos.
CLARO QUE TODO LISTO CONSIDERABA QUE TENSAR Y TIRAR DE UNA CUERDA ERA COSA DE TONTOS.
Los días festivos que la Iglesia celebraba algún Misterio ó Santo, Tonto con meticuloso cuidado también preparaba el incensario.
Para ello depositaba en el mismo, la gomorresina o incienso a la que daba fuego para que su perfume y humo se extendiera por el templo cristiano durante el oficio divino al vaivén que enérgicamente con su fuerte brazo alternaba de derecha a izquierda.
CLARO QUE TODO LISTO CONSIDERABA QUE GIRAR EL BRAZO DE DERECHA A IZQUIERDA ERA COSA DE TONTOS.
El día 7 de Octubre celebraban la festividad de la Virgen del Rosario y en el programa de festejos estaban incluido aquel sábado a las 5 de la tarde en la Plaza Mayor del pueblo una “pelea de carneros”.
Con riguroso orden y abonando 1 Euro por la entrada, fueron llegando los vecinos acomodándose en las sillas tijera que estaban repartidas en círculo dispuestos a disfrutar de la pelea de dos carneros por sobrevivir a golpes.
Tonto no lo dudó, desde el campanario el espectáculo de la plaza se veía perfectamente así que se acomodó con un bocadillo de mortadela observando desde las alturas la función sin abonar el correspondiente Euro.
Pero la situación no pasó desapercibida para los organizadores que confabularon entre ellos.
NO PODIAN PERMITIR QUE UN TONTO ESTAFARA A TANTO LISTO
La decisión fue unánime.
Cerrar la puerta de la Iglesia y dejarlo en su interior.
Finalizado el festejo los vecinos se dispersaron y los organizadores actuaron.
Tonto, observó la maniobra y sin agobio bajó uno a uno los 96 escalones con paso tranquilo dirigiéndose a la sacristía.
Secretamente ocultaba D. Serapio el vino de misa, pero hacía tiempo que el muchacho había descubierto su ubicación.
Unos buenos tragos ayudaron al bocadillo de mortadela que ya se encontraba en la víscera abdominal llamada estómago a quimificar el alimento.
Una ojeada al descenso del vino en la botella le sugirió posibles complicaciones y para evitar éstas, no dudó en rellenar con un líquido de color amarillo secretado por sus riñones y expedido con mayor o menos acierto por el cuello angosto del vidrio.
A continuación, se acomodó en el confesionario del párroco y plácidamente se durmió.
Despertó a tiempo para proclamar con la campana el comienzo del oficio en honor de Ntra. Sra. Del Rosario.
Preparó meticulosamente el incensario.
A éste, le añadió disolvente para la limpieza en seco de las casullas ó vestiduras sagradas.
Cuando llegaron los listos y entre bromas le preguntaron por el descanso nocturno, alegó desear ir a su casa.
Todos riendo aceptaron la propuesta.
Fue D. Serapio quien les bendijo solemnemente a los fieles con el supuesto incienso.
La sustancia química tóxica y volátil se extendió por la Iglesia y al ser inhalada alteró las funciones cerebrales de los concurrentes provocándoles una sensación de euforia.
Esta, les hizo ser dadivosos y todos rascaron los bolsillos aportando todo lo que en ellos había a la bandeja que iba pasando ante ellos, con una recoleta de donativos jamás conocida con anterioridad.
En la vinajera, en uno de los jarrillos estaba el agua y en el otro el vino.
D. Serapio al beberla a pesar de su exaltación consideró que la mezcla había adquirido una fermentación ácida.
Quizás la sangre de Cristo se estaba devaluando.
NINGUN LISTO ADMITIRÍA JAMÁS QUE UN TONTO PUEDA JODER UN PUEBLO.
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