Archivado en: cuento corto, fabula, relato corto | Etiquetas: cuentos cortos, fabulas, relatos cortos
Érase una vez, una garganta entre dos montañas que acoge un sencillo pueblo costero en el que destaca su faro.
La torre alta rodeada de cristales en su parte superior protegiendo motores eléctricos que realizan cambios intermitentes de las lámparas y fuentes de luz, sirve de guía a los navegantes que se acercan buscando un fondeadero seguro y bien abrigado para su barco.
En la base de la torre, una pequeña y fina baldosa marca la cocina y un conjunto de muebles el aposento para dormir.
La unión de éstas con la parte superior se realiza por medio de 84 escalones en forma de espiral sin interrupción.
Un mozo célibe, con unas simples suelas que aseguradas por correas negras desde el pie hasta la pantorrilla protegen sus extremidades inferiores, sube y baja varias veces al día por la escalera de caracol.
Se llama Simeón
A sus 27 años es dueño de un apasionado océano que se extiende hacía el infinito pero no tiene autoridad sobre él.
Cuando las fuerzas del viento alteran la quietud y el sosiego de las olas del mar creando una tempestad, Simeón ágilmente remonta los 84 escalones para observar como se agitan sus entrañas con fuerza y pasión.
Mantiene el ritmo del faro a la entrada del puerto intentando aplacar con su luz la tempestad
Pero el barco que navega sometido a una pasión tan fuerte de poco le sirve la inteligencia que le alumbra su camino, la lucha de uno contra el otro es desigual.
A pesar de ello obedeciendo las maniobras de Rogelio, el patrón que dirige con experiencia y habilidad la pequeña embarcación aquel atardecer invernal tras una intensa disputa, el barco llega a puerto.
Una vez anclado en lugar seguro y realizado un balance de los daños, el patrón desde proa observa detenidamente el faro.
Allí, junto a la luz cree distinguir la silueta de Simeón su gran preocupación y quien influye moralmente en él coartando su voluntad.
Hace ya mucho tiempo que a Rogelio le excitan las pantorrillas del joven farero.
Ya no recuerda con exactitud cual fue el motivo por el que se acercó una mañana de primavera a la torre, fue invitado a un café y en aquella cocina de fina y pequeña baldosa perdió su libertad.
Aquellas sencillas sandalias que se aseguraban por correas entrelazadas torneando la carnosa y abultada parte posterior de las piernas, le provocaron e inspiraron sentimientos ignorados hasta entonces y el descubrimiento de estos le paralizaron los sentidos.
Desde aquel día Rogelio temía más a su pasión que al mar embravecido.
Con el propósito de canalizar el deseo vehemente que le embargaba llegó a la conclusión de que eran las sandalias y sus correas las que le provocaban tal ansiedad.
Ahora de pie en la proa de su barco, ha tomado una determinación:
Le compraría a Simeón unas zapatillas deportivas último modelo, con suela antideslizante y cámara de aire.
Con éste propósito se dirigió a la zapatería más cercana y una eficiente dependienta le facilitó su petición.
Con la caja bajo el brazo se dirigió al faro y sin explicar sus motivos ofreció el regalo.
Simeón, primero se sorprendió quedando confuso, después se desprendió rápidamente de las sandalias y sin hacer ningún comentario ni objeción calzó las nuevas zapatillas sonriendo complacido ante su comodidad y abrigo sujetando las mismas con un nudo de pescador.
Rápidamente subió los 84 escalones para familiarizarse con ellas.
En el suelo sobre la baldosa quedaron las sencillas sandalias con sus correas, despreciada su utilidad solo quedaba de ellas unas suelas gastadas sin ningún vestigio de provocación
Rogelio las contempló pensativo, viéndolas fuera del lugar habitual comprendió que no eran las que motivaban su ansiedad, pues ésta volvió aparecer cuando el mocetón sonriente bajó con pericia la escalera de caracol
En su mano derecha sostenía firme un farol, en él, una luz irradiando claridad y calor iluminaba el pequeño aposento.
-Es una de las luces del faro- explicó Simeón alargando el brazo y ofreciendo a Rogelio el presente -sin ella, se alterara por unos instantes el parpadeo, pero será un guiño que te envío desde aquí hasta tu barco.
El patrón no pudo contener su alegría a la vez que aceptaba jubiloso el regalo, desde hoy tenía su propia luz y una respuesta a su ansiedad en aquel faro.
Todos los días la pequeña embarcación sale a navegar con el farol encendido sin importarle si es día o noche si hay niebla o sol
Rogelio ya no teme a la mar ni a su pasión, sabe, que un mozo célibe le espera para conducirle primero hasta el fondeadero seguro y abrigado, después hasta el faro. Allí, sobre la pequeña y fina baldosa estarán las zapatillas antideslizantes y con cámara de aire, jadeante subirá los 84 peldaños para contemplar extasiado las pantorrillas de quien despierta y complace sus deseos.
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