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Érase una vez…
La ciudad de “nunca me había pasado antes esto”.
Digo ciudad porque en ella había una sombrerería, y ésta es la que da la categoría de ciudad a un pueblo.
Y “nunca me había pasado antes esto” porque sus vecinos continuamente repetían la citada frase.
La corporación municipal compuesta del alcalde y varios concejales por decisión unánime en el pleno celebrado aquel viernes del mes de Noviembre, aprobaron contratar un Sudamericano para que diera clases de baile a los ancianos del lugar y de ésta manera mejorar su calidad de vida deteriorada en parte por los años y en parte por su falta de actividad, ya que solo se dedicaban a jugar al BINGO en el casino como único y prioritario entretenimiento.
Cuando se presentó en sociedad a Juantxo todos alabaron su juventud y carnes apretadas que ponían en relieve las muchas horas de baile como profesor.
A la convocatoria realizada para el día siguiente en el frontón municipal, acudieron en chándal y zapatillas nerviosos y gesticulantes.
La canción de la Macarena comenzó a sonar y todos pudieron comprobar la soltura del monitor en dar saltos y moverse… otra cosa fue, cuando a sus órdenes intentaron realizar las mismas piruetas y giros.
Caídas…esguinces…golpes.
La sala de urgencias del pequeño ambulatorio pronto quedó desbordada.
No se escuchaba más que una frase de boca en boca “nunca me había pasado antes esto”
Era el primer día y los jubilados habían quedado diezmados.
Asustados y doloridos al día siguiente no acudieron a la hora convenida y la corporación municipal despidió a Juantxo por exceso de ritmo y carnes apretadas.
Se aprobó seguidamente otra alternativa mas reposada, que consistía en clases de “la nueva cocina vasca”
Este era otro cantar… el comer es el último placer que nos queda cuando los otros que exigen mas esfuerzos han sido abandonados y todos aceptaron el cambio encantados.
Maritxu con un delantal blanco se dispuso a cocinar “morros y patas de cerdo” ante un público acaparador.
Una vez finalizadas las clases la gran cazuela cocinada fue prácticamente devorada por los aprendices.
Cólicos…diarreas…estómagos agriados…
La sala de urgencias de nuevo se llenó y la frase volvió a correr por el pasillo del ambulatorio “nunca me había pasado antes esto”.
Asustados y purgados quedó todo en fracaso y Maritxu señalada con el dedo.
Un cachondo sugirió: lo que necesitamos es “charlas sobre la vida sexual sana”
A esta iniciativa solo acudieron los hombres, las mujeres consideraron que una vida sexual sana, no es una vida sexual agitada sino una vida sexual sin sexo, y para ello no necesitaban charlas.
Aquí intervino el cura D. Sátiro.
Convencido de que los placeres del cuerpo son pecaminosos, propuso ejercicios espirituales.
Esto no fue del agrado de los sedentarios ancianos…el espíritu es algo demasiado abstracto para hacer con él ejercicios.
Ante la insistencia del cura todos aceptaron. El domingo al anochecer se reunieron en la Iglesia para escuchar lo que iba a fortalecer el alma y con ello mejorar el viejo cuerpo.
Entusiasmado ante tanto público habló con vehemencia del infierno y sus angustias la penitencia y el castigo, el cura desde el púlpito castigaba con el verbo a los fieles que sobrecogidos no pudieron resistir la tensión y comenzaron a marearse, tener sofocos, falta de aire…..
En el ambulatorio a más de uno tuvieron que suministrarle oxígeno y tratamiento para bajar la tensión.
Fue inevitable el comentario “nunca me había pasado antes esto”.
Nadie quiso volver a tener mas experiencias con el infierno y el demonio los bancos de la Iglesia quedaron vacíos y D. Sátiro reconoció su fracaso.
Las alternativas se iban agotando ¡Benidorm ¡…!gran palabra!
El punto veraniego con magnifica playa y pintoresca situación en la provincia de Alicante.
¡Ahí estaba la solución! Se aplaudió la idea, aludiendo inflamación dolorosa en las articulaciones y el beneficio del yodo en ellas se apresuraron en dar conformidad todos sin excepción.
Cuando transcurridos dos meses de paseos matutinos por la playa y los huesos doloridos no mejoraban, la decepción llegó y el bikini de rosas fluorescentes fue abandonado en el fondo del armario.
Todos recordaban con nostalgia el casino y su bingo.
Habían tenido la fortuna de encontrar un estilo de vida que les gustaba, solo les faltaba el coraje para vivirla. Y se decidieron…
Contra toda opinión dejaron a un lado las gimnasias y los bailes agotadores, también los oficios eclesiásticos amenazadores, viajes, charlas, clases de cocina y nietos llorones.
El casino volvió abrir sus puertas y se repartieron entre risas y nervios los cartones de colores.
El…69, el…15 ¡BINGO! ¡ANTES SI ME HABIA PASADO ESTO¡
1 comentario por mucho
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La moraleja es bastante más profunda de lo que parece, muy bien.
Saludos
Ana
Comment por Jugar al bingo Junio 20, 2009 @ 12:38 pm