Cuentos de Mila


EL TIEMPO
noviembre 23, 2016, 5:33 pm
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       E L   T I E M P O

El presente es un lugar móvil donde se dan la mano el pasado y el futuro.

No existe como tal, sin embargo ocupa el lugar más importante en nuestras vidas.

Medimos su presencia por el tiempo y éste es su cuento:

En el país de las horas vivía el Rey Día.

Este, se rodeaba de 24 doncellas numeradas de la una a las doce.

Cada doncella poseía 60 pajes y cada paje 60 cascabeles que hacían sonar y eran los que daban el tic-tac.

El Rey escogía una de las doncellas para hacer el amor sin importarle si el sol o la luna le iluminaba en ello.

Así nacieron sus siete hijos.

En el instante que la tierra brillaba por la luz del sol que se alzaba perezoso en el horizonte daba la bienvenida al nacimiento de su primer hijo, un ser triste, cansado, sin mucha energía lleno de pereza e indolencia al que llamó, LUNES.

Cuando nació MARTES, éste pronto puso de manifiesto sus dotes de dar guerra, llorón, simple y de rápidos cambios de humor acaparó la atención de las doncellas y pajes de manera obsesiva con gran desesperación del Rey Día.

El tercero de sus hijos creció con cuerpo atlético partidario de todas las competiciones deportivas, elocuente y con dotes comerciales, generalmente sucio y marcado de ceniza llamaron MIERCOLES.

Al mayor y más gordo de todos los hermanos, brillante, dominante, con dotes de jefe, guía y conductor de la colectividad familiar siempre por delante de las carnestolendas le gusta que le llamen JUEVES.

Su madre que era la quinta doncella, cuando nació el quinto hijo quiso que se llamara VIERNES, de carácter terco y de repetir insistentemente lo que oye ó sabe venga o no a propósito, siempre con grandes promesas que luego quedan en agua de borrajas ya que la mayoría de ellas no las cumple, es el ojo derecho del Rey Día.

El SABADO es otra cosa, le gustan las reuniones y ferias siempre quiere ir de la mano de su hermano el juerguista llamado DOMINGO que a su vez es inquieto, irreflexivo pero al que adoran los siete hermanos.

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MARIA TREMOLINAka
noviembre 23, 2016, 5:10 pm
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MARIA TREMOLINAka

En la aldea hay dos plazas de similares dimensiones, una llamada Plaza Nueva la otra Plaza Vieja.

Entre la casa consistorial y la parroquial se haya situada la primera.

En ésta, subiendo un par de peldaños se encuentra una fuente de tres caños que derrama abundante y constante agua a una vasija cóncava y de allí, a los estanques o abrevaderos situados a los lados.

Ni un solo árbol que proporcione sombra.

Ni un jardín ó rosal improvisado en una esquina.

Ni un banco donde sentarse.

Solo… agua, peldaños y terreno de diferentes dibujos simétricos en el suelo realizados con piedras rodadas de río.

A cien metros de distancia, la Plaza Vieja.

Sus dos filas de árboles con ramas entrelazadas ofrecen resguardo y sombra a los bancos de madera situados bajo ellos.

El improvisado aparcamiento de coches sin orden ni concierto altera el espacio disponible propio del lugar

Hay que añadir un par de bares situados estratégicamente.

Sin duda alguna, éste es el lugar apropiado para el que necesita:

– Resguardarse del sol y aire.

– Descansar sobre las nalgas a cualquier hora del día.

– Disponer de coche como objeto necesario.

– Y por último, bebidas diversas para saciar las necesidades según horario y estado de ánimo.

Inevitablemente, los padres.

Los hijos mientras tanto sin control progenitor arrasan la Plaza Nueva.

En ella encuentran:

Espacio…agua…y escalones.

En uno de ellos se encuentra sentada Maria Tremolinaka, una chiquilla huesuda que con su andar estropearía la estética de cualquier fila, de violento carácter, pelo encrespado y cruel con los animales.

Conoce la existencia de una gata con un suave color caramelo en el pelo y aires de bailarina que practica sus saltos y piruetas entre las ramas de los árboles de la Plaza Vieja, y que diariamente a una hora determinada viene a saciar su sed al abrevadero.

La gata se llama Miss…Miss, por lo menos responde a quienes le susurran así y le lanzan aceitunas al aire que ella alcanza al vuelo tras unas volteretas increíbles.

Miss-Miss, conoció a Maria tremolina-ka un día que bebía confiadamente en la fuente y ésta se acercó silenciosamente e intentó ahogarla en la vasija sujetándole la cabeza bajo el agua.

Un arañazo en la mano derecha le recuerda a ella su fracaso.

Ahora todos los días, miden sus fuerzas y habilidades desde las distintas zonas de la plaza.

Miss-Miss, avanza cauta y sigilosa, sabe que la chiquilla le observa detenidamente aunque parezca lejana y distante, Maria Tremolinaka envidia sus pasitos elegantes y sueltos, su gracia felina y el pelo suave color caramelo

En el otro extremo de la plaza la gata se detiene a considerar la situación y en tres ágiles saltos se sitúa al borde del abrevadero bebiendo agua del mismo a pequeños sorbos.

Maria Tremolinaka, se levanta con violencia y acortando rápida la distancia intenta agarrar su cola, pero Miss-Miss con impulso y ligereza se sitúa en la fuente y desde allí cae con gracia en el otro abrevadero, haciendo una pirueta de bailarina se aleja una vez mas dejando contrariada por su fracaso a Maria Tremolinaka.

En el balcón de la casa parroquial hay una jaula con un loro parlanchín llamado Pitití.

Desde su situación privilegiada en cuanto a vistas, observa todos los días el enfrentamiento entre los dos y con frecuencia anima con algaraza ó gritería a los desafiantes.

¡Maria Tremolinaka¡¡Maria Tremolinaka¡…

¡Miss¡Miss¡Miss¡…

Aquella mañana Pitití inquieto y poco juicioso a la vez que jaleaba se golpeaba con violencia contra los barrotes de la jaula, una pluma de vivo color se desprendió de su cuerpo e impulsada por el aire comenzó un baile silencioso de descenso hacía la plaza.

La gata en su retirada se detuvo contemplándola con atención, ella que sabía apreciar los suaves movimientos del baile miraba expectante sus piruetas.

También Maria Tremolinaka seguía atenta sus idas y venidas.

Pitití no entendía a que era debida la tregua entre los dos contrincantes y seguía jaleando

¡Maria Tremolinaka¡¡Maria Tremolinaka¡…

¡Miss¡¡Miss¡Miss¡…

Pero ni uno ni otro le escuchan.

Una ráfaga de aire apenas perceptible para los demás guió la pluma hacía el agua.

Ya para entonces la chiquilla levanta los brazos y salta para apoderarse de ella sin conseguirlo acercándose imprudentemente al pequeño receptáculo con agua de la fuente en el que finalmente tropieza y cae de bruces sumergiendo en el líquido parte de su vestido y zapatillas.

Mientras trata de enderezarse y evitar el chorreo verifica lo inevitable, Miss-Miss ya la había capturado

La rabieta es terrible, lamenta vivamente su pérdida derramando lágrimas y manifestando ruidosamente su desagrado.

Pitití ante una contrincante tan ruidosa opta por el silencio mientras observa desconcertado las patadas de ésta contra las piedras rodadas del suelo.

A cien metros de distancia ni un solo padre se da por aludido, tampoco Miss-Miss que sin dejarse impresionar por la escena sujetando delicadamente la pluma con la boca se aleja hacía la Plaza Vieja.

Una vez en el árbol coloca ésta de modo que se ajuste ó adapte a las ramas entrelazadas quedando satisfecha de su perfecto hacer y bello resultado.

A su regreso unos y otros le susurran Miss-Miss…mientras le ofrecen aceitunas, patatas fritas… pero la gata ha perdido su interés por obtenerlos el colorido de la pluma le tiene fascinada y un deseo vehemente de aumentar su patrimonio se está apoderando de ella.

Salta de rama en rama hasta subir a la parte más alta y desde ésta al tejado del bar, los cien metros que discurren entre las dos plazas están comunicados con edificios unidos de modo que entre ellos no queda hueco ó falto de correspondiente solidez y de un tejado a otro llega fácilmente a la casa parroquial.

Apoyándose en el borde del canalón contempla la jaula donde el parlanchín Pitití una y otra vez repite sus ocurrencias, su plumaje aquélla tarde de verano brilla con todo esplendor.

Miss-Miss se siente enamorada…

De una arriesgada pirueta llega al balcón asustando al loro que enmudece al observar a la bella gata color caramelo apoyada sobre su jaula examinándole con atención.

Pasado el susto, comprende la admiración que despierta y coqueto extiende sus alas suavemente.

Un dulce ronroneo le confirma el agrado y las intenciones de ella.

Pitití responde con hablar quedo mientras picotea el barrote en señal de aprobación Miss-Miss…

El canto monótono, dulce y halagüeño de éste enamora más perdidamente a la gata que quiere estar con su amado y comienza a rodear la jaula en busca del medio para conseguir liberarlo.

Pronto observa el pistillo ó cerrojo y lo coloca de modo que la abertura cerrada deja de estarlo.

Por ella asoma el loro perplejo y asombrado, al momento agita las hermosas alas elevándose por el aire con presteza y rapidez, dejando a la enamorada plantada en el balcón.

Maria Tremolinaka desde la Plaza Nueva no ha perdido detalle de los acontecimientos y aplaude el desplante, pero no puede evitar que una cagada ó excremento evacuado por Pitití en su vuelo hacia el campanario caiga sobre ella y su vestido mojado.

La chiquilla huesuda de pelo encrespado sucia y húmeda, está a punto del segundo berrinche del día en la plaza cuando sus progenitores relajados…y con suficiente

gimnasia manual realizada con los vasos de vidrios hacen acto de presencia en el lugar quedando asombrados del aspecto deplorable de la misma.

Sin medir palabra exigiendo justificación a su apariencia y conocedores de su violento carácter le arrean en las nalgas y tirando de ella se retiran entre amenazas y protestas.

Miss-Miss, desde la barandilla del balcón de la casa parroquial contempla el vuelo feliz e indiferente alrededor del campanario del loro responsable en parte de la zurra y el llanto de Maria Tremolinaka.

Abandona la casa parroquial para volver a su destino y entre las ramas busca su bella pluma para acariciarla sosegadamente.

Miss-miss… entre sueños escucha el canto monótono y dulce de su enamorado… hasta que el pico corvo y robusto del ave la despierta.

Enlazado entre su pelo color caramelo hay varias plumas de Pitití cubriéndola.

Nada ha cambiado…

Y ha cambiado todo. Entre los árboles de la Plaza Vieja una enamorada gata color caramelo y un loro parlanchín, saltan, vuelan, hacen piruetas y la delicia de quienes los observan.



LAS RODILLAS
noviembre 23, 2016, 3:43 pm
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LAS RODILLAS

Habían llegado a la jubilación hacía un par de años y disfrutaban de ella.

El camino recorrido juntos hasta alcanzarla, había transcurrido unas veces agarrados de la mano y otras a rodillazos.

Afirman los entendidos que la edad de las personas está en la cabeza pero lo cierto es que, son los huesos y habitualmente de forma dolorosa quienes se encargan de recordar nuestra edad real.

Para bien o para mal muchos de estos huesos los tenemos duplicados, por ejemplo en las rodillas.

En la juventud, cuando alegres y nerviosas las amantes parejas se entrelazaba en un baile, siempre, entre los dos muslos una rodilla contraria buscaba impaciente la oquedad para separar a éstos, y firme y testaruda en aquel ambiente anhelado se movía con destreza al son de un tango, un pasodoble, o cualquier otra danza que se interpretase.

Con el paso del tiempo dejaron de entrometerse en el ritmo de la música, y se hicieron torpes y hasta estéticamente desgarbadas.

También es cierto, que en el paso del tiempo habían adquirido otros valores pues ahora, tenían el don de predecir los cambios del tiempo atmosférico con varios días de antelación sin necesidad de recurrir a sofisticados artilugios modernos.

Pero a pesar de todo, a éste par de jubilados les llevaron sus rodillas ilusionados a fiestas de Bilbao un viernes del mes de Agosto.

En el parque de Etxeberría desafiando al cielo una gran noria les tentó por su altura y sin dudar un momento se subieron a ella, no sin antes regatear sin éxito el precio del viaje alegando su condición de jubilados.

Al ponerse en marcha la misma, no pudieron evitar un pequeño hormigueo en el estómago que fue superado para la segunda vuelta.

Desde la altura, en la evolución del movimiento gravitatorio para envidia de los que no se atrevían a subir al artilugio se disfrutaba de una esplendida vista de Bilbao en aquella tarde festiva y veraniega, y en su curiosidad, los dos iban señalando hasta de forma atropellada con gestos y voces los distintos edificios que reconocían en la distancia..

Entonces ocurrió:

Por causas que no hacen al caso, (hay quien piensa que podía ser una avería o una interrupción en el suministro eléctrico) la noria se detuvo, dejando a los dos jubilados en la zona más alta allá donde la distancia es más lejana del punto donde alegremente se habían atrevido a montar, dentro de su cabina y balanceándose ésta suavemente según Eolo lo dispusiese.

Y… fueron las rodillas de él las que comenzaron a temblar incontroladamente mientras se agarraba con las dos manos a la barra de seguridad con tanta intensidad, que la piel sobre los nudillos se encontraba al límite de su flexibilidad y completamente blancos.

Y… fueron las manos de ella las que se apoyaron sobre sus temblorosas rodillas sujetándolas al principio con firmeza, para después poco a poco acariciándolas comenzar a separarlas y buscar su hueco entre ellas.

El contacto duró el tiempo necesario mientras la reparación del supuesto corte de energía alcanzó su objetivo, y la noria lentamente volvió a su traslación.

Al bajar de ella, un joven imberbe le gritó señalándole la bragueta:

“Abuelo que te has meado del susto”

El jubilado sonriendo sofocado le contestó:

“Solo me han temblado las rodillas… sólo las rodillas…”



EL DELANTAL
noviembre 23, 2016, 2:56 pm
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EL DELANTAL

Un mandil de cuero que en su anterior vida fue pellejo de un magnifico cerdo llamado “Panocho”, fue curtido preparado y cosido para colgar del cuello de un herrador de oficio, que en su ocupación diaria se dedicaba a calzar el ganado y forjar metales en su taller o fragua.

Cerca del lugar, una bonita hortelana cultivaba diariamente su huerto con fresas hortalizas y legumbres, cubriendo su falda con un delantal de lino que se revestía de una guarnición fruncida en todo su extremo.

Este material textil blando dulce y grato a los sentidos, enloquecía al mandil que se consideraba en comparación basto y sin tersura.

Sabedora ésta del interés que despertaba en su vecino, no desperdiciaba ocasión de fijar su atención en él para descubrir o estimar sus diferencias o semejanzas, mientras coqueteando movía al aire su volante en forma de saludo.

Aquella mañana de primavera la hortelana recogía fresas maduras dando amparo y colocando pausadamente en el delantal sujeto por los dos extremos, una a una el fruto rojo.

Un rapaz hizo su presencia en el lugar atropellando en su precipitación la carretilla que le obstruía el paso, para introducir con codicia la mano en el regazo buscando el fruto ansiado, mientras una materia viscosa fluía de su nariz.

La hortelana sin perder la mesura, soltó un extremo del delantal mientras lo sujetaba con destreza del otro y de un rápido movimiento pasó el lino por su cara llevándose con presteza los mocos que caían por su rostro. Una vez saciado su deseo, el muchacho desapareció con la misma urgencia que había hecho acto de presencia, pero sin el humor pegajoso que segregaba sus mucosas.

Desde la fragua el mandil que observaba todo a distancia se dijo:

¡Para cuántas cosas sirve ese precioso delantal ¡…

El, no tenía flexibilidad y su única cualidad consistía en cubrir del pecho a la rodilla la ropa del herrero, en su trabajo diario en la fragua.

Meditaba sobre ello, cuando ocurrió algo sorprendente.

La hortelana, colocó las fresas sobre una loza y con una ligera duda escogió la más hermosa y jugosa de todas ellas, se acercó al herrero con gesto provocativo y mientras le introducía la fruta en su boca le pregunto:

…¿Está mi puchero arreglado?…

Los ojos de éste brillaron burlones mientras saboreaba la fresa, y sujetándole con las dos manos por su cintura la atrajo hacía él murmurando a su oído:

…¡Tu puchero está perfecto¡…

Y en aquel momento, el delantal de lino con su volante quedó unido al mandil de modo que entre ellos no quedó espacio.

El frunce de la prenda femenil que le frotaba ligeramente exhalaba un olor a fruto fecundado que le excitaba, así que el pellejo de “Panocho”, se dejó acariciar por el tan suspirado y servicial delantal sin importarle los pegajosos mocos.

Y hubiera seguido aspirando su aroma sino hubiera sido precipitadamente descolgado del cuello por el herrero que le arrojó inconsideradamente al suelo.

Iba a maldecir su suerte cuando de nuevo, éste, tirando del lazo que rodeaba la cintura de ella soltó el nudo fácilmente, y el suave textil se deslizó sobre su mandil.

Estaba su estado de ánimo en plena conmoción intentando acomodarse bajo el delantal, cuando la briosa hortelana se desprendió del abrazo, recogió el delantal y utilizándolo como manopla para guarnecer la mano del calor, retiró el puchero del fogón y a continuación aireándose con donaire se alejó por donde había venido.

Sin perder su sonrisa, el herrero levantó su mandil mientras que con voz recia le decía… 

¡Volverás a traerme tu puchero…¡

El cuero del cerdo Panocho ejercía nuevamente su ocupación ordinaria cubriendo a su dueño, ilusionado confiaba en las palabras de éste mientras por lo bajito canturreaba…

¡Para cuántas cosas sirve ese bonito delantal ¡…